Jaime Bayly y la herida paterna que sanó con el perdón: “Ya no le guardo rencor ni le tengo miedo”

En una emotiva columna dominical, Jaime Bayly vuelve a abrir su mundo íntimo y reflexiona sobre la conflictiva relación que tuvo con su padre, a quien hoy recuerda sin miedo ni rencor, tras años de distancia y una despedida marcada por el perdón.

Jaime Bayly recuerda a su padre
Jaime Bayly y sus muertos.
Miriam Ñiquen
prensa@tvolima.pe

Jaime Bayly vuelve a conmover a sus lectores al compartir uno de los episodios más delicados de su vida personal: la relación quebrada que mantuvo con su padre, fallecido en el año 2006.

En su columna dominical publicada en el diario El Comercio, el escritor peruano reflexiona sobre el vínculo con sus muertos, a quienes —según confiesa— les habla cada noche antes de dormir.

En ese ejercicio íntimo de memoria, Bayly recuerda no solo a su hermana mayor y al actor Diego Bertie, con quien tuvo una relación sentimental, sino también a su padre, una figura central en su historia personal y emocional.

El autor reconoce que durante gran parte de su vida mantuvo con él una relación tensa, distante y marcada por el enfrentamiento.

“Cuando mi padre vivía, era mi enemigo o mi adversario y ahora que es uno de mis muertos añorados ya no le guardo rencor ni le tengo miedo. Lo he perdonado, nos hemos perdonado”, escribió Bayly, dejando ver que el paso del tiempo y la muerte permitieron una reconciliación que en vida parecía imposible.

Bayly admite que la mala relación fue una constante. “Nos llevamos mal la vida entera. Creo que era un hombre desdichado, lastrado por la mala fortuna, porque fue cojo desde niño”. Esa condición física, según Bayly, influyó profundamente en el carácter de su padre y en la forma dura y distante con la que enfrentó su propia existencia y la relación con su hijo.

La personalidad del padre de Jaime Bayly y sus sombras

En su relato, Bayly describe a su padre como un hombre marcado por la fe, el dolor y una sensación persistente de injusticia. “Era creyente. Creo que a menudo pensaba: por qué los dioses se ensañaron conmigo y me castigaron, haciéndome cojo. Creo que pensaba: por qué mi padre me escondía, se avergonzaba de mí, solo por ser cojo. Creo que se lamentaba: yo no tengo la culpa de ser cojo”.

Para el escritor, esa herida nunca cerró y terminó moldeando una personalidad áspera. “Ser cojo desgració su vida, lo llenó de complejos e inseguridades, de una rabia ciega contra la vida misma”. A pesar de haber sido rechazado y temido durante años, Bayly asegura que hoy solo le queda la compasión.

Cada noche, en silencio, le habla con ternura: “Le digo: ojalá estés en un lugar mejor, ojalá ya no estés molesto por ser cojo, ojalá ya no seas cojo. También le digo: ojalá puedas caminar sin renguear, ojalá puedas correr, ojalá puedas jugar tenis sin la desventaja de tener una pierna más corta que la otra”.

El autor también recuerda detalles cotidianos de su padre, como su aspecto y sus rutinas. “Como era cojo, mi padre no corría y caminaba lo menos posible. Uno de sus zapatos era pesado, voluminoso, más grande que el otro. Entre los deportes, le gustaba nadar. Era fuerte, robusto, musculoso, y nadaba como un campeón. Entre sus aficiones, le gustaba coleccionar armas de fuego y cazar animales”.

Hoy, a casi dos décadas de su muerte, Bayly mira ese vínculo desde un lugar más sereno: sin miedo, sin rencor y con un perdón que llegó, quizá, demasiado tarde, pero que finalmente le devolvió la paz.

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