A diferencia del acoso escolar tradicional, el ciberacoso puede acompañar a un adolescente durante las 24 horas. El teléfono móvil, las redes sociales, los grupos de mensajería e incluso los videojuegos hacen que una agresión que comienza en el entorno escolar pueda continuar dentro de su propia habitación, eliminando la percepción de tener un lugar seguro.
Esta exposición permanente puede mantener al adolescente en un estado de alerta constante y generar ansiedad, problemas de sueño, dificultades de concentración, irritabilidad y sensación de indefensión, explica Isabel Hernández, directora del Departamento de Psicología de Universidad Europea de Andalucía. El impacto adquiere especial relevancia durante una etapa en la que la identidad y la autoestima todavía están en construcción y la aceptación del grupo tiene un peso significativo.
A ello se suma la velocidad con la que una fotografía, un video, un rumor o una burla pueden difundirse en internet. La víctima puede perder el control sobre quién accede al contenido, cuántas veces se comparte o cuánto tiempo permanecerá disponible. En situaciones de humillación intensa puede aparecer una “visión en túnel”, en la que resulta difícil imaginar que la situación pueda cambiar o encontrar alternativas para detener el sufrimiento.
“La percepción de que ‘esto nunca va a acabar’ puede ser mucho más peligrosa que la propia magnitud objetiva de lo ocurrido. Nuestro trabajo como adultos y profesionales es ayudar a romper esa sensación de irreversibilidad y devolverle a la persona alternativas, protección y control sobre la situación”, señala Hernández.

Las señales de alerta pueden aparecer también en el teléfono
Cambios bruscos en el comportamiento digital pueden ser una primera advertencia. Ponerse especialmente nervioso al recibir una notificación, ocultar la pantalla, eliminar sus redes sociales, cambiar de número o evitar repentinamente determinados compañeros son comportamientos que padres y educadores deberían observar. También pueden presentarse aislamiento, irritabilidad, insomnio, pérdida de interés por actividades habituales o un descenso significativo del rendimiento académico.
En situaciones de sextorsión, pueden aparecer además miedo intenso relacionado con el teléfono, necesidad inexplicable y urgente de conseguir dinero, transferencias desconocidas o angustia cuando se mencionan fotografías y videos. Y expresiones relacionadas con querer desaparecer, no seguir viviendo o sentirse una carga deben tomarse siempre en serio.
Frente a estas señales, las especialistas insisten en la importancia de hablar directamente y sin juzgar. Preguntar de manera cuidadosa por pensamientos suicidas no significa “dar ideas”; por el contrario, puede permitir detectar un sufrimiento que de otra manera permanecería oculto y facilitar una intervención temprana.
Si un adolescente manifiesta que no quiere vivir, la primera respuesta debe ser escucharlo, permanecer a su lado y buscar ayuda. Frases como “no es para tanto”, “hay gente que está peor” o “lo haces para llamar la atención” pueden aumentar el aislamiento y la culpa. Ante un riesgo inmediato, la recomendación es no dejar sola a la persona y activar ayuda profesional y los servicios de emergencia.
La prevención también exige una respuesta institucional. Los centros educativos deberían contar previamente con canales confidenciales de comunicación, responsables identificados, mecanismos rápidos de valoración del riesgo y coordinación entre docentes, orientación, familias y profesionales de salud mental. El objetivo, señalan las expertas, no es esperar a que la situación se convierta en una crisis, sino detectar y actuar desde las primeras señales.










